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El cambio climático preocupa a científicos del mundo


Madrid, España -El deshielo del Artico o la inundación de miles de islas y varios países, durante este siglo son algunos de los peores presagios por el cambio climático, una amenaza contra la que en 2006 se consolidan los esfuerzos mundiales.

Multitud de informes alertaron otra vez este año de catastróficas consecuencias de la acumulación en la atmósfera de dióxido de carbono (CO2), el gas de efecto invernadero más abundante, así como de metano y óxido nitroso, un tridente contaminante que forma una capa que retiene el calor en la Tierra.

El CO2, generado por la combustión de petróleo, gasolina y carbón y la tala de bosques, aumenta de forma constante y no parece que disminuya en el futuro, coincidieron en señalar la Organización Meteorológica Mundial y la Agencia Internacional de la Energía (AIE).

Dos documentos divulgados en 2006 muy críticos con esa situación fueron relevantes por la notoriedad política de sus promotores, el primer ministro británico, Tony Blair, y el ex vicepresidente de E.U. Al Gore.

El informe patrocinado por Blair, que redactó el ex economista del Banco Mundial Nicholas Stern, vaticina que el calentamiento de la Tierra entre dos y tres grados causará en medio siglo pérdidas del 5 por ciento del Producto Interior Bruto global cada año y 200 millones de refugiados por inundaciones o sequías, incrementará las hambrunas, y extinguirá numerosas especies animales.

Al Gore, por su parte, alertó en un documental sobre la necesidad urgente de evitar una catástrofe ecológica definitiva, y advirtió de que si no se actúa con rapidez la hecatombe podría llegar mucho antes de lo que muchos piensan.

Aunque para Gore aún no se alcanza “el punto de no retorno”, el secretario general de la ONU, Kofi Annan, afirmó que “nos estamos acercando” a él.

Aquellos dos documentos no hicieron sino corroborar insistentes voces de alarma de la ONU, científicos y asociaciones ecologistas y defensoras del medio ambiente desde los años 70 del siglo XX.

Entonces se advertía del incremento de la concentración en la atmósfera de gases de efecto invernadero, lo que llevó a gobiernos de casi todos los países a firmar en 1992 en Río de Janeiro la Convención de la ONU sobre el Cambio del Clima con el objetivo de “estabilizar” las emisiones.

Sin embargo, no se estabilizaron sino que aumentaron, y en 1997 se suscribió en Kioto el Protocolo que lleva el nombre de esa ciudad japonesa, que impone, por primera vez, a unas 40 naciones avanzadas límites obligatorios a sus emisiones de gases una media del 5,2 por ciento entre 2008 y 2012 con respecto a 1990.

Estados Unidos, el país que más contamina, no suscribió ese Protocolo, y tampoco China, el segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero y que pronto se espera que sea el primero.

La Cumbre del Clima celebrada en noviembre pasado en Nairobi fue la caja de resonancia de nuevos informes de expertos y entidades que no presagiaron nada bueno para un futuro cada vez más cercano.

“A mediados de este siglo podríamos ya presenciar un océano Artico sin hielo durante el verano”, pronosticó Stefan Rahmstorf, profesor de física de los océanos y asesor del Consejo Alemán sobre Clima Global, al esgrimir datos captados por satélite.

El experto se atrevió a advertir de que el aumento del nivel del mar por el deshielo de los glaciares inundará la isla neoyorquina de Manhattan, Holanda, Bangladesh, además de miles de pequeñas islas.

Además, sequías o inundaciones motivarán el desplazamiento de millones de personas de Africa a Europa, y enfermedades como la malaria, el cólera y el dengue pueden regresar a países donde desaparecieron o llegar a los que nunca lo han sufrido.

Advertencias como esas contribuyeron a un acuerdo “Kiodo-2” en la Cumbre de Nairobi, que prorroga los esfuerzos mundiales de reducción de gases contaminantes más allá de los plazos del primer protocolo, en 2012, y propone que se reduzcan un 50 por ciento las emisiones de dióxido de carbono en 2050.

En la búsqueda de nuevas propuestas, Stern consideró básicas las energías renovables, la nuclear, los biocombustibles, el carbón y el almacenamiento en el subsuelo de CO2.

Las organizaciones no gubernamentales proponen a los países ricos que financien proyectos de energía renovable a pequeña escala en los menos avanzados, al tiempo que piden a los ciudadanos, sobre todo de los países industrializados, una mayor eficiencia en el gasto energético, en lo que coinciden los numerosos gobiernos.




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